sábado, agosto 17, 2013

Aterrizando

Hace un par de días que aterrizamos y nos tropezamos con la vuelta a la realidad, a la ya deseada rutina y al desastre de casa que habíamos dejado y que, no, no se había arreglado sola.
Un montón de lavadoras, bolsas de basura y escobazos después por fin tengo un ratito para deciros que sigo viva, un poco zen (a causa de las vacaciones) pero de vuelta.
Estoy sorprendida porque por primera vez en mucho tiempo tenía el chip ese de vacaciones de verdad del que tanto me habían hablado y que no me acaba de creer pero que me ha sentado genial.
No era una turista descontrolada queriendo ver hasta la última piedra del monumento insignia de la ciudad de turno, ni era una amiga estresada que corría de acá para allá porque solo tengo tres días y un montón de gente que ver. Tampoco he sido de esas que no terminan de tener vacaciones porque viajar con cuatro niños no se les puede llamar vacaciones por mucho que te vayas a la playa a no ser que te vayas sin ellos y de valientes niñeras andamos escasos. Era más bien una persona de vacaciones, de esas que se levantan a las once, y decide cuando tiene hambre ( o cuando la tienen los niños) qué y dónde va  a comer, que improvisan el plan sobre la marcha y sobre las apetencias o disponibilidad de la tropa, de las que se acuestan tarde tomándose un algo en cualquier chiringuito en buena compañía, de las que se han puesto moradas de croquetas de todos los tipos (desde las de jamón de toda la vida hasta las de alta cocina como las de strogonoff), de las que se han cansado de ir al cine porque he echado mucho de menos las pelis en castellano en pantalla grande pero también de las que (os lo creáis o no) ha ido solo una vez a la playa y he hecho tres fotos en total, una de ellas, esta:


Ir y, sobretodo, volver ha sido una completa aventura.
El dia 31 de julio nos metiamos en el coche a las 6 y media de la mañana y a las 12 de la noche nos metimos, por fin en la cama, después de mil kilometros (pasamos por Zaragoza a recoger al nº 1) y un avión que cruzara el charco.
Catorce horas de coche que se chuparon los peques (bueno, y nosotros también) sin decir ni mu sin hacer apenas paradas pues Murphy acechaba e hizo que nos cerraran dos veces la carretera. La primera por obras y la segunda porque explotó un camión. Nuestro gps no es demasiado comprensivo y nos mandó por caminos de cabras que nos hizo perder tanto tiempo que fuímos a contra reloj el resto del día (¡teníamos que coger un avión!).
¡Un monumento que se merecen los chiquitines!.

(La vuelta os la cuento otro día).

1 comentario:

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