martes, septiembre 06, 2011

Escribiendo

María recuesta la  cabeza sobre su regazo y sus castaños tirabuzones resbalan entre sus piernas. Sus muslos jóvenes y prietos, se le clavaban en las mejillas. Y de repente ya no parece todo tan malo…
Que esa mañana hubiera perdido el autobús  y como consecuencia hubiera llegado tarde a la oficina ya no parecía tan desastroso. Que despues hubiera tenido que correr durante media hora con tacones de seis centímetros de alto, atravesando toda la ciudad, ya no parecia tan agotador. Que de todas maneras su jefe, el Sr. Alvarez la amenazase con echarla a la próxima ya no parecía tan grave. Y todo, simplemente para conservar un trabajo en una oficina de distribución en la que hacía quince años que trabajaba y que jamás le había interesado. Al principio solo era un trabajo temporal que le serviría para pagarse la carrera que tenía intención de retomar, ingenua ella. Al final, como es habitual, la carrera se quedó donde estaba y su trabajo en la oficina se convirtió en su único futuro. Odiaba el tener que levantarse cada mañana para ir a ese cubículo y saber que lo único que va a hacer durante todo el día es aporrear sin cesar las teclas del ordenador. Odiaba a su jefe, porque él le encontraba sentido a todo esto y se le veía disfrutar con su miserable vida, afortunado…
Pero sobretodo se odiaba a si misma por ser tan cobarde y conformarse con una vida que sabía que nunca le iba a hacer feliz.
Él comienza a acariciarle el pelo instintivamente, sin apartar la vista de la pantalla del televisor, como hace siempre. Mechón a mechón, juguetea con sus cabellos entre los dedos. En noches como esa no puede evitar pensar en que se ha convertido su vida y es un error, porque siempre acaba revelando la cruda realidad que inexcusablemente es bastante más desgraciada que la que nos habíamos imaginado o la que el acelerado ritmo de vida habitual nos camufla generosa de nuestras ya de por sí embotadas mentes. Pero ella, siempre ha sido un poco más realista de lo normal y cuando hace balance acaba llorando sobre la almohada con suspiros de desesperanza y lágrimas con sabor a fracaso. Donde quedó aquella chica con la cabeza bulliciosa de proyectos y las manos hábiles para realizarlos, se pregunta. Seguramente se fueron perdiendo fracaso a fracaso, resignación a resignación.
Podía haber echo tantas cosas….. podía haber volado tan alto….
Y ahora miramé, se dice. En una oficina del tres al cuarto durante el resto de mi vida, sin futuro, sin presente, apenas sin pasado.
Su pasado se resume en una infancia normal, sus estudios en el instituto donde conoció a su marido, se casó con él, tuvieron un hijo y empezó a trabajar en la oficina donde todavía sigue. No, no hay nada más. No hay ninguna otra persona en su vida más que su hijo, su marido y el siempre mudo ordenador del trabajo.
Su marido. Ay su marido, aquel extraño ausente, siempre ausente. Todos los momentos de su vida tarde o temprano acabó viviendolos sola, las alegrías y las tristezas, sola. Atada a alguien que apenas existe, sin poder volar porque se supone que él te espera, pero en realidad siempre es al revés.
Su hijo, es el que acaba recogiendola en pedazos cada vez que llega con el alma hecha añicos y su futuro metido en un  bolsillo de lo insignificante que parece. Su hijo, que ahora le acaricia el cabello, como si con cada caricia pudiera quitar de su mente algún mal pensamiento, mientras ella llora por dentro su vida ya vivida, como la vive todos lo días una y otra vez. Llora cada vez que esas manos aun pequeñas y suaves le recuerdan que no debería ser él el que acunase sus pensamientos. Pero desde siempre no ha habido nadie más.
Ella levanta la mirada y revisa una vez más el perfil que conoce tan bien. Un perfil perfecto, con las facciones marcadas, últimamente interrumpida por el incipiente y dichoso acné del que tanto se queja cada vez que se mira en el espejo. Ella inclina la cabeza y la dirige hacía la pantalla del televisor. Los espacios publicitarios ya han acabado y vuelven a emitir el programa.
Son las once de la noche y, como siempre están solos en casa. Los restos de la cena, precipitada aunque sabrosa, reposan sobre la mesita de centro. Un tercer plato espera en la cocina. Una noche más se ha quedado fría y una noche más quizás se quede ahí.
María vaga en sus pensamientos y se le aturullan en la mente ideas de desconsuelo y de falsas predicciones. Piensa si realmente su mal es un mal aislado o es una sensación que dejamos como herencia a nuestras hijas. ¿Y si realmente su madre tambien tuvo esta sensación de soledad y desamparo?. Tal vez el misterio está en conformarte con lo que te ha tocado vivir y por ese camino encontraremos la felicidad.
Admira a las personas que se conforman con lo que tienen y son felices sin aspirar a más, que se conforman con empezar en un supermercado a los dieciséis años y se jubilan en el mismo supermercado que le ha visto aparecer las arrugas y las canas pero con la misma sonrisa que cuando empezaron. Las admira y las odia por eso.
Tal vez lo único que la consuela es que a la hora de la verdad todos acabaremos siendo iguales.
Todos van pasando por la misma puerta. Ricos, pobres, enfermos, sanos, felices e infelices,......
Y es en esa puerta donde se hace balance de lo vivido. Ahí no vale lamentarse porque no se tuvo el valor de cambiar tu vida, no valdrá resignarse por haber elegido el camino mas fácil, porque en esa puerta no cuenta lo que te llevas, sino lo que dejas atrás.
María se consuela pensando que dejará un pedacito de ella. Su hijo. Ese hijo que llorará muchas noches recordando otras tantas como esta en las que él le mecía los sueños mientras le acariciaba el cabello.
Él es esa pequeña parte de ella que le recordará a los demás que alguna vez exitió.
Como un pequeño trozo de barro, María lo fué moldeando como jugando a ser Dios.
Quería darle la forma de esos grandes valores con los que crecío y que son tan importantes que todo el mundo habla de ellos, sin tener muy claro todavía cuales son y que forma tienen. Pero María amasaba, pellizcaba, estiraba, aporreaba y modelaba con ganas, con tanto empeño como si se le fuera la vida detrás. Con el tiempo se dió cuenta de que casi fue así.
A medida que iba pasando el tiempo el barro era cada vez mas dificil de modelar. Se iba quedando duro y era menos manejable.
Ahora que ya casi se ha secado María observa su obra entre osada y temblorosa y tiene que reconocer que no lo hizo tan mal.
Cierra los ojos con la única satisfacción de que eso, quizás lo más importante. Eso, lo supo hacer bien.
Mañana sera otro día, o en realidad será el mismo que se repite una y otra vez.
Volverá a levantarse por la mañana para ir cayendo a lo largo del día igual que el sol y cuando este desparezca en el ocaso de su alma apoyará la cabeza en un regazo querido que le recuerde que en realidad la vida vale la pena.


12 comentarios:

  1. Elena, me has dejado un poco hecha polvo, todos podemos reconocernos en tu relato, al menos en alguno de los aspectos de la vida. Y es triste. Y la soledad duele. Y el consuelo de un hijo conforta pero duele. En fin, que espero otro relato más positivo para levantar el ánimo, que me ha gustado leer este. Un beso.

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  2. Bueno, que no es biográfico, que mi marido trabaja en casa y me ocurre todo lo contrario, que no tengo un momento para estar SOLA, es solo que me gustó, pero prometo un relato un poco más alegre para la próxima vez.

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  3. Me ha encantando, es precioso!
    Me alegro que no sea autobiografía, pero habrá tantas mujeres que se sientan así.
    Un beso.

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  4. me ha gustado mucho, incluso me he emocionado,eres una artista. Soy nueva por aquí, sigo tu blog. saludos¡¡

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  5. Yo soy como tu marido, trabajando desde casa e impidiendo la soledad ajena. Nunca lo había visto así, pero es cierto.

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  6. Uf, mucha enjundia. Habría mucho que decir a esta entrada. Cierto que hay much@s que viven con tales sentimientos. Yo no los entiendo. Creo que puedes estar rodeada de gente y sentirte más sola que la Q, y estar físicamente sola, y sentir el cariño de muchos. En parte creo que eso está en tu corazón. Cuanto más das de tí más tienes y si lo único que haces es pensar en tu soledad sólo encuentras tristeza y más soledad, sólo miras para adentro.
    Es un poco contradictorio ese consuelo que busca recibir de un hijo cuando se supone que está haciendo de su hijo una obra de arte. Si nuestros hijos no ven más que nuestra debilidad, soledad, pesar...(todo negativo), no aprehenderan otra cosa (tiene que ver lo malo y lo bueno de la vida en sus padres, pero sobre todo lo bueno, que suele ser el modo en que ellos afrontan las cosas que cuestan o contradicciones que ven encontrando).
    Creo que sólo mirar a un hijo que va siguiendo su camino, no el que tu crees haber forjado para él, es un consuelo muy grande, y que en muchas ocasiones una tiene que mirarles para seguir adelante y tomar nuevos bríos, porque educar a un hijo te da una fuerza que no te da nada. Pero sobre todo xq es ese salir de ti hacia los demás.
    A las mujeres que les pasa esto me gustaría decirles que buscaran dónde ayudar a otros, para dar todo de ellas y recibir todo de los demás.
    Y siento compasión y mucha pena por los que sufren así.
    En cuanto al trabajo que describes, es como el de todos, pero visto con prisma oscuro. Es un ideal de trabajo. Depende de cada uno, de como enfoquemos las cosas de cada día para ver cosas buenas, bonitas y hasta fantásticas en lo de cada día.
    Hay personas soñadoras que creen que lo que no tienen es lo que necesitan sin darse cuenta que es justo lo que tienen lo que necesitan y deben aprender a vivir con ilusión cada mañana, pese a lo monótono que uno puede encontrar.
    Tengo un lema, que realmente no es mío, lo retuve de un libro que leí en mi adolescencia: "SIEMPRE ALEGRES PARA HACER FELICES A LOS DEMÁS", y da resultados fantásticos, soy la mujer más feliz del mundo, sin comparaciones posibles.
    Beatrice de Los Niños de Bea

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  7. Bastante de acuerdo, pero no del todo.

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  8. Excelente relato, me ha enganchado totalmente, aunque un poco triste, pensar que hay muchas mujeres que se puedan sentir así

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  9. Elena, podemos hablarlo. La pena es que no salto el charco, ¡qué más quisiera dejarme caer por Pollensa, el lugar más maravilloso del mundo!
    De todas maneras no te dije que me había parecido genial tu forma de escribir. Eres fantástica.
    Beatrice

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  10. Claro, serás bien venida cuando quieras y te enseñaré mis sitios favoritos de la isla.

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  11. Un relato muy bien escrito, estremecedor y me alegro de que no sea autobiográfico. Todos y todas en algún momento nos hemos debido sentir así, el hastío y la soledad son universales. Estaría bien considerarlos revulsivos para cambiar lo que no funciona, o asimilar que nuestra existencia tiene sus límites y que en ellos puede estar el inicio de nuestra felicidad y libertad.
    Te admiro mucho, eres mi heroína
    cardamomo70.blogspot.com

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Gracias por tus comentarios !!!

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